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Lo que aprendí de las francesas Cajón de Sastre

Cada cierto tiempo surge un libro sobre las francesas, que si sus secretos para mantenerse flacas o para hacer que sus hijos se coman los vegetales con gusto. Pese a que el mundo da vueltas y la globalización nos tiene hiperconectados con otras culturas, en el mundo occidental percibimos que las francesas tienen algo, ese famoso je ne sais quoi que, de repente, nos vendría bien a mujeres de otros lares.

Viví y estudié un año en Francia, suficiente para que París me dejará marcada y para conocer a la francesa de pie, la que camina a la estación de metro más cercana cuando todavía no sale el sol, la que entiende el valor del arte y la belleza en lo que la rodea, pero que no se siente para nada presionada por las tendencias, la que valora más los encuentros con otros a orillas del Sena que horas de compras en un centro comercial.

París es la cuna de la alta costura, pero creo que se entiende mal la elegancia francesa, pues se trata menos de qué ponerse y más de quién eres. El estilo allá es una búsqueda individual, no colectiva, no del rebaño siguiendo las tendencias.

Que tal si les dijera que gran parte de ese algo chic que se aprecia en ellas no tiene nada que ver con la ropa, sino con otros hábitos.

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Esto fue lo que aprendí de ellas…

A caminar y caminar. Las francesas no son gordas. Es verdad. Nunca fui tan delgada como el año que viví en París y jamás vi una mujer obesa caminar en esa ciudad. Los libros les hablarán de dietas, cigarrillos y vegetales, y yo les diré que el secreto es caminar, caminar, caminar. Caminaba de 6 a 8 horas diarias, porque desde que salía de casa, el único momento que estaba quieta eran las horas de clase. Así sucede con las francesas, solo están quietas el tiempo que están en su trabajo, sentadas en el tren o en la universidad. El resto están andando y a un paso acelerado, como si estuvieran tarde para una cita, esa es su velocidad habitual.
Caminar 20 minutos a la estación de metro más cercana no es problema, es parte de su vida diaria. Regresar a pie a casa a las 2 a.m. porque el metro ya cerró es parte de la rumba. Empujar un coche con bebé o el carrito con la compra del supermercado 15 cuadras es lo natural. Nadie se queja de caminar ni de las distancias. Y hablo de caminar bajo el sol ardiente, el frío paralizante o la llovizna insistente. Caminar a todas partes y no tener auto es parte del estilo de vida de las grandes ciudades de Europa. Es parte del secreto de sus siluetas sin sobrepeso.

Frecuentes y pequeñas comidas románticas. Los franceses comen, sí señor. Como en toda cultura, las celebraciones se hacen alrededor de comida y la de ellos es de fama mundial, pero requieren de poco para festejar y jamás vi una bolsa de cheese-weez en una fiesta. Salir a un restaurante es costoso, así que organizan muchos encuentros en casa, en parques, en puentes peatonales o a orillas del Sena. ¿Cumpleaños? ¿Cena romántica? Una botella de vino, una tarta de frutas, pan y queso es más que suficiente para armar el festejo donde sea.
Un día un amigo francés invitó a mis padres, que estaban de visita, a cenar. Nos esperó en la hermosa Place des Vosges con pistachos y vino blanco sobre el césped, una escena absolutamente romántica. Llegamos a su pequeño y bien arreglado apartamento y cenamos ensalada, pan, fiambres y mucho vino. Mis papás se quedaron sorprendidos de que la cena fuera una ensalada, un platillo que en nuestra cultura es un acompañamiento que muchos dejan en el plato.
Pues así de sencillo fue el menú, el plato fuerte e inolvidable eran la conversación, la compañía y el ambiente. Si comieras más a la francesa, seguramente tendríamos que pelear menos con las libras demás.

Muchísima agua. Los franceses no toman agua del grifo. Son el país de Evian y Volvic, del agua mineral embotellada de manantiales que brotan en la montaña. En las máquina de ‘soda’ encontrarán hasta tres opciones de agua embotellada. Con esto no quiero decirles que corran a comprar agua embotellada (Dios nos libre porque hay que pensar en el medioambiente) sino mostrarles que las francesas beben más agua que bebidas azucaradas; las sodas y los jugos no son su primera opción y muchas veces tampoco su segunda. Es una hábito que bien vale copiar.
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Poca, pero buena ropa. Las francesas no son asiduas al consumismo desenfrenado. Por supuesto que compran, pero yo diría que con menos ansiedad de tener y más placer por vestir a su manera, sentirse cómodas y apreciar el arte en el diseño.
Las francesas son conscientes del valor de la calidad de los materiales y de la confección, y del diseño al vestir. Y no sienten la necesidad, como en otras culturas, de ‘tener mucho’ o ‘uniformarse’ con la última tendencia. Podría decirse que buscan calidad antes que cantidad.
Además, por ley, las tiendas allá cumplen con temporadas de rebajadas obligatorias, y para muchas mujeres ese es el momento de abastecerse de esas piezas de mejor calidad a menor precio.

La piel antes que el maquillaje. Francia es el país de los perfumes y del maquillaje, así que no les voy a engañar diciéndoles que las francesas no se maquillan, sí lo hacen. Pero creo que antes de ponerle color a sus rostros, se preocupan de lo que alimenta su piel.
Las farmacias en Francia son tiendas especializadas en productos de alta calidad para el cuidado de la piel, y no necesariamente de alto precio ni de marcas mundialmente conocidas.
Las francesas buscan en esas lociones y cremas para la piel parte de lo que llaman el bien-etre, ‘el estar bien’. Esos productos son parte de su búsqueda de felicidad. Están claritas que su bienestar, su salud y su belleza dependen del cuidado del órgano más grande del cuerpo y el que ve todo el mundo.
Yo diría que para ellas es más importante invertir en estos productos (aunque sea comprando un jabón de Marseille) que en rubor o sombra (el delineador sí les gusta mucho).
Me parece que por acá, en el Nuevo Continente, pensamos a la inversa.

Lo que les cuento es apenas un asomo a la esencia del estilo de las francesas, que nada tiene que ver con las rayas horizontales ni las boina; es mucho más que eso.

Decirles que caminar por París es encontrarse con gente vestida como de pasarela, es mentirles. Las francesas no se obsesionan con tendencias, se visten como quieren y no se critican ni juzgan unas a otras por cómo visten en la conversación cotidiana. Su cultura las deja ser libres para expresarse como bien les parezca.

Esa tal vez sea la mayor lección de las francesas, pues por acá tendemos a uniformarnos para encajar en los grupos, y también como símbolo de estatus para mostrar cuan ‘fashion’ eres; pero el estilo va más allá de trends, es libertad de expresión, es crear todos los días, es relajarse al elegir qué te pones.


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