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Mírame a los pies Basta Suelta

En pleno taller, el gurú del neuromarketing Jurgen Klaric lanza la afirmación de que a las mujeres ni flores ni chocolates nos matan – en eso le doy la razón-. Lo que nos robaría el aliento, dice enfático, sería recibir de nuestra pareja o de nuestro empleador (como premio por un trabajo sobresaliente) un par de zapatos nuevos.

¿¡Perdón!? Me gusta la moda, pero cuando me imaginé a mi esposo dándome una caja de zapatos, pensé que él se equivocaría desde en el estilo hasta en la talla, y si los escogía yo de antemano, perdería la gracia el regalo porque a mí me gustan las sorpresas. Así que concluí ‘Sorry, Jurgen, estás equivocado’.

Eso fue hace unos cinco meses. Desde entonces, mucho ha cambiado en mi armario. Lo evidente es que los zapatos no caben en mi closet, literalmente.

¿Qué me pasó? Como les decía, yo era de esas mujeres que no entendía la fijación de Carrie Bradshaw por los Manolo Blahnik en Sex and the City.

Blog Mirame a los pies zapatos moda

Para mí los zapatos son como los carros, se deprecian desde el momento que salen de la tienda porque duran poco, pisan cuánta porquería hay en la calle (visible e invisible) y están por allá abajo y como dicen que la gente solo aprecia la decoración que está a nivel de sus ojos, pasan desapercibidos la mayor parte del tiempo. Ni hablemos de la humedad que los acecha en Panamá.

Pero entonces me llama mi amigo (coeditor de esta página) Roberto Bonner para avisarme que llegó un lote de zapatos a una tienda. Terminé con Rebeca Minkoff y Pedro García a mis pies por 10 dólares. A este siguieron otros lotes de zapatos.

Feliz, los saco a pasear, según el ajetreo del día, flats si voy a correr detrás de los niños, cuñas si estaré rato de pie, tacones para sentirme glam. Es como jugar, y hace rato que nada en la moda me hacía sentir así.

“Mamá, tus zapatos tienen alas”, me dice mi hija el otro día, y sí los tenían, “¿Por qué?”

“Porque si no encuentro taxi, me vengo volando”, le dije yo.

“Pero las alas están en los pies, ¿cómo vas a hacer para volar bien?”.

“Tendré que abrir los brazos y planear para no caerme de cabeza”, le expliqué.

A ella le pareció una sabia solución y no preguntó más.

Así es la magia de los zapatos. Nos hacen sentir que podemos volar.

Ah, pero escoger el zapato por su pinta, me ha salido muy, muy caro a nivel de comodidad. He tenido desastrosas elecciones, al punto que se me entumecen los pies y se me marchita el humor. He llegado al extremo de salir del cine sin zapatos porque no aguanto el dolor. No vuelvo a recitar más los “zapatitos me aprietan”, es una tortura espantosa. Esos se fueron al exilio.

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Zapatos Kate Spade

Aún creo que hay un montón de cosas que mi esposo me puede regalar antes que un par de zapatos. Todavía los zapatos no son mi accesorio preferido (mis favoritos son los aretes y collares).

Pero ahora sí entiendo la obsesión por lo que llevamos en los pies, comprendo porqué las cámaras de los fotógrafos en los desfiles de moda se quedan a ratos solo en los zapatos, porqué la mirada de las mujeres (la de los hombres no, excepto los que tienen fetiches con los pies) se van directo a los pies.

En la sociedad de hoy, sobre todo en las grandes ciudades, lo que llevas en los pies, así sean zapatillas doradas, cuenta y mucho. Como cantaba Frank Sinatra “this vagabond shoes are longing to stray” (estos zapatos vagabundos están deseosos de perderse) y como cantaba su hija Nancy Sinatra “These boots are made for walking, and that´s just what they´ll do” (estas botas están hechas para caminar y eso es lo que harán). Así que caminemos esos zapatos y dejemos que cuenten nuestra historia en su gastadas suelas.


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